domingo, 11 de febrero de 2018

Delirio del olvido...


"Yo no hablo de venganzas ni perdones, el olvido es la única venganza y el único perdón." Jorge Luis Borges.


Es casi domingo y le escribo a la memoria porque le temo al olvido.
Me da pavor no recordar lo vivido, lo aprendido y el dulce sabor del amor al que tanto había huido.
Hago un repaso para saber si vivo: siento, soy, estoy y existo... Mas el conjunto de mis historias, tienden de un frágil hilo llamado extravío.
¿Y qué pasará si en un descuido pierdo todo aquello que guardo e intento revivir en cada evoco y respiro?
Siento nostalgia por las cosas que me rememoran el pasado no escrito, pues cuando intento describirlo, las palabras se evaporan y me veo llorando y me siento perdido.
¿Qué pasa por mi mente para advertir que desaparece lo más bello? Se vuelve todo tan breve, un instante, un suspiro.
Quizá exagero y simplemente está escondido, y esta vida me exige no caer en el delirio del olvido. 
Sí, quizá sea eso. Algo tan impreciso. Una reminiscencia que si bien me sabe a urgencia, me pide paciencia para conmemorar cada paso, cada vivencia.
¡Cuántos libros, cuántos viajes, cuántos sabores, cuántos amigos...! Busco el equilibrio a este ultraje retentivo.
Recordar: es como un desierto sediento de rocío. Y olvidar, es cortar flores cuando debes remover maleza. ¡Así, se siente mi cabeza!.
Diría Benedettí: "el olvido es un simulacro repleto de fantasmas...", "ánimas crueles" que se llevan los detalles de mis sueños, dejando cenizas de ellos en una melancolía donde no caben los recuerdos en una simple poesía.
Quizá sea el castigo de éste intelecto curioso, insaciable y solo: huérfano y abandonado.
Distraído y atroz: que como un amor cautivo, busca huellas y promesas, mas todo son laberintos sin aviso y sin voz.
Y entonces escribo a la presencia que me habita, al fuego del insomnio, y al verso escondido en el polvo de estrellas que me ilumina los poros de memoria.
Las cicatrices del dolor y la tristeza parecen inmunes al desprecio. Hay un naufragio en mi testa, un mar de amnesias que no controlan el vaivén de estas olas y busco refugio en el navío del olvido tardío que tanto ansío.
Todo esto son confesiones torpes de momentos y escombros... de palabras e instantes... de silencios y llanto... de alegrías y arrebatos... de residuos de noches de luna congeladas que en mí han quedado grabadas.
Las reliquias de mi ser se tornan lluvias de un "todavía" que indica recuerdos de mi reflexivo mundo. Colecciones de mi historia que hace eco en sus batallas, indicando simplemente: esperanza.
Me gusta sentirme poeta, pues de madrugada la consciencia se siente intacta en cada letra impresa. Ya que esto que escribo, entre el éxtasis de la memoria y el delirio del olvido, es lo único que se mantiene a pesar del frío del descuido. Esto, no fenece.
"Por donde se pasean el tiempo y la dulzura", escribiría Neruda: esto, permanece.  


lunes, 18 de diciembre de 2017

La Navidad de los ateos...

"La nostalgia es un baúl que está lleno de recuerdos..."


Por Mireya Cerrillo.


Se dice que, la Navidad es esa fecha del año que celebra el nacimiento del hijo de Dios, y además es el pretexto idóneo para reunir a la familia, intercambiar regalos y comer hasta el hastío...
La verdad es que la Navidad huele y sabe a nostalgia. Si hay a quienes les gusta la Navidad es precisamente por los recuerdos, por lo que nos evoca y por lo que tenemos guardado en la memoria de ella.
Después de mucho reflexionar, he llegado a la conclusión de que por eso no me gusta la Navidad: porque me sabe a ausencia y se pinta de color gris.
Hay una frase del autor Carlos Ruiz Zafon que dice: "El que tiene mucho apego al rebaño, es porque tiene algo de borrego..." y es verdad, me molestan las actividades que nos entorpecen y automatizan, volviéndonos seres repetitivos de una misma acción. No nací para ser borrego... no me gusta sentirme borrego...Y mucho menos necesito un pastor.
Y justo eso pasa en la Navidad, los cultos nos vuelven seres ordinarios y vacíos.
Dicen que la Navidad es la época de felicidad. Sin embargo, es cuando más suicidios ocurren en el mundo. Es fácil comprenderlo, pues la felicidad no puede forzarse y la magia no es más que un montón de habilidades para crear ilusiones en los demás.
Y yo soy una incrédula. Me cuesta mucho trabajo creer en el otro, en algo superior, en lo que sea o incluso en mí.
Y quizá me pase como a Mario Benedetti en su libro La Tregua:

«Son raras las veces que pienso en Dios. Sin embargo, tengo un fondo religioso, un ansia de religión. Quisiera convencerme de que efectivamente poseo una definición de Dios, un concepto de Dios. Pero no poseo nada semejante. Son raras las veces en que pienso en Dios, sencillamente porque el problema me excede tan sobrada y soberanamente, que llega a provocarme una especie de pánico, una desbandada general de mi lucidez y de mis razones. «Dios es la Totalidad», dice a menudo Avellaneda. «Dios es la Esencia de todo», dice Aníbal, «lo que mantiene todo en equilibrio, en armonía, Dios es la Gran Coherencia». Soy capaz de entender una y otra definición, pero ni una ni otra son mi definición. Es probable que ellos estén en lo cierto, pero no es ése el Dios que yo necesito. Yo necesito un Dios con quien dialogar, un Dios en quien pueda buscar amparo, un Dios que me responda cuando lo interrogo, cuando lo ametrallo con mis dudas. Si Dios es la Totalidad, la Gran Coherencia, si Dios es solo la energía que mantiene vivo el Universo, si es algo tan inconmensurablemente infinito, ¿qué puede importarle de mí, un átomo malamente encaramado a un insignificante piojo de su Reino? No me importa ser un átomo del último piojo de su Reino, pero me importa que Dios esté a mi alcance, me importa asirlo, no con mis manos, claro, ni siquiera con mi razonamiento. Me importa asirlo con mi corazón».

Y así surge una vez más la nostalgia que nubla la Navidad de los ateos, de la pesadumbre que provoca sentir, tocar, abrazar a Dios con el corazón y de involucrarlo en la propia vida. De hacerlo parte de las cosas cotidianas, de pelearse con Él como con un amigo. De la necesidad de que exista no como algo "insuperable", "inalcanzable", "infinito", e "inimaginable", sino como algo tan cercano que se vuelve frágil...

En esa ansia de que Dios se vuelva Navidad, radica el misterio de la misma... He ahí la magia y la ilusión que no todos podemos lograr.

La Navidad es y será entonces, el día para crear una esperanza que el resto del año sentimos ausente. El momento para alimentar una ficción y un espejismo, porque eso es Dios, una sugestión que sabe a nostalgia, y el duelo por lo inexistente puede llegar a ser muy doloroso. Sino pregunten a los ateos, a esos que dejamos de creer... pues a los Dioses después de todo, no se les busca, se les inventa.

¡Felices Fiestas!

martes, 5 de diciembre de 2017

La insoportable levedad del ser...


                                                                                                            Por Mireya Cerrillo.


Hace unos días llegó a mis manos el gran libro de Milan Kundera: "La insoportable levedad del ser."
Me encontraba realizando otros menesteres cuando apareció de repente. Esas coincidencias me gustan, pues aunque hace años que lo quería leer, no era el momento, y debo admitir que me fascina cuando un libro llega así: inesperadamente y porque debe ser. "Es muss sein!" (¡tiene que ser!).
En fin, no les diré mucho sobre el contenido o los personajes. Tendrían que leerlo para entenderlo. Quizá incluso un par de veces. Lo que es cierto, es que es una escritura sublime que nos conecta a los más profundos sentimientos de su propio auto-exilio: que redefine el concepto de Patria, de las mujeres, la cultura y el conocimiento, y sobre todo del amor. 
Hay muchas frases de este libro que me han marcado e incluso inspirado. Y una de ellas es la que provoca este post.
La "memoria poética", esa que define el autor como la que nos ha conmovido, encantado y ha hecho hermosa nuestra vida. Se encuentra en una región específica del cerebro o quizá del corazón... o tal vez en ambas.
Y haciendo evoco de mi compromiso con la vida, quiero hacer eco de mi memoria poética. Porque admitámoslo, la belleza de este mundo se encuentra en "La poesía de las cosas". (DAR CLICK Y LEER).
Esa beatitud que se descubre en la sensibilidad, en el encanto, en la dulzura. En el lenguaje que nos hace dudar del tiempo. En las palabras que se convierten en instantes. En las fotos que guardan universos enteros de sentimientos. En los abrazos que encierran fuego, y en los besos que son viento y nube. En las distancias que son permanencia y ausencia. En tí y en mí.
La levedad del ser: ¿es de verdad terrible el peso y maravillosa la levedad?, la levedad según Kundera, se consigue al desconectar de las cosas que nos traen peso: las relaciones. Porque la consistencia de la realidad se siente algo más ligera y menos asfixiante. La volatilidad de la existencia, la futilidad del ser...
¿Cómo decides vivir? ¿Cómo decides amar? Es lo que te define y marcará tu memoria poética. El amor, ¿nos da peso?, ¿nos da levedad?... Lo que es cierto, es que "el amor inicia cuando alguien inscribe su primera palabra en nuestra memoria poética".
¿Qué escribiste tú? Un día a la vez. ¿Qué escribí yo? Sólo tú sabes.
El amor, la vida, la muerte. La nostalgia. La alegría. La tristeza... las cosas bellas que me hacen poeta.
Esas que a veces olvido o niego para no sentir el peso que representa vivir, y es cuando recuerdo que lo suicida no se va del todo, pues "ella también quiere morir bajo el signo de la levedad", pero esa es otra historia...
Insinúo el peso que representan mis relaciones, y a la levedad que exijo como derecho. Esa ligereza que de tanto en tanto verdaderamente anhelo.
Mas de momento, decido aludir a las palabras que se vuelven magia. A los sueños que se convierten en versos y a los silencios que se quedan en mi alma. 
A la elegía, esa que tú inspiras. Tú eres mi poesía. A lo que me calma y asola: la melancolía de las cosas.


domingo, 26 de noviembre de 2017

"Motivus"..."relativo al movimiento...


Por Mireya Cerrillo.

Hace días que en mi tozuda testa ronda una palabra. Así como si nada y como si todo... Esperando a que le haga caso y la escriba y la describa...
¿Por qué? ... Nunca sé por qué... Sólo sé que así como ahora, de repente una palabra o una frase me da vueltas y debo aterrizarla para que me deje en paz, hasta que la siguiente aparezca.
Un motivo es por definición: aquello que te mueve.

Para mí, un motivo es aquí y ahora: escribir.
Pero lo que más me gusta de la palabra motivo, es lo que la acompaña. Por ejemplo:

Me gustan los abrazos sin motivo, sólo porque sí, porque merecen ser robados y regalados.
Me gustan los besos que te dan porque tienen ganas, y los que quitas porque no aguantas. Así sin motivo.
Me gustan las sonrisas que mueven, que invitan, que motivan... A ser, a decir, a hacer.
Me gusta el café como motivo de despertar recuerdos y de hacer memoria.
Me gusta el vino para motivar amores y desinhibir temores.
Me gusta leer como motivo para aprender y desaprender.
Me gusta viajar sin motivo... Sólo para moverme y cambiar y agasajarme de la palabra libertad. 
Me gusta el helado porque motiva dulces recuerdos de la infancia.
Me gusta la poesía para sonreír y pensar en alguien sin motivo.
Me gusta el arte de la sorpresa de las miradas que se buscan y se encuentran sin mayor motivo.
Me gustan las palabras que se unen formando tantos motivos.
No me gustan las despedidas sin motivo.
No me gustan las lágrimas sin motivo desenfrenado pues desencadenan tristezas y añoranzas.
No me gusta la distancia que nos separa con el motivo de aferrarme a ti y a la idea de ti.
No me gustan las mentiras que llevan a otras y a otras más...haciéndonos daño sin motivo.
Mi motivo: aún lo sigo buscando. A veces lo olvido y otras casi lo recuerdo y aunque intento aferrarme... Parecen no haber motivos.
Dice la canción: "que escribir es fácil si existe un motivo". Y concuerdo, "mi motivo mejor eres tú".

Los archivos de los corazones rotos...


"Las personas fuertes ríen con el corazón roto, lloran a puertas cerradas y pelean batallas de las que nunca nadie se entera."

Por Mireya Cerrillo.

Debe ser increíble la cantidad de historias que guardan los archivos de pacientes de cualquier consultorio psicológico...
Me pregunto cómo son esas notas que toman los especialistas en el momento de cada terapia. ¿Qué perciben más allá de las palabras que pronunciamos en cada sesión? ¿Y en cuántas de ellas se ven a sí  mismos reflejados?.
¿En cuántos miedos nos entienden? ¿Y en cuántas aflicciones nos empatan?...
Siempre creí que sólo dibujaban. Sí, así como en las caricaturas... pero me parece que hay una increíble labor detrás de cada nota.
¿Se imaginan la de lágrimas que han sido derramadas en esos resúmenes de memorias? ¿La de emociones contagiadas, reprimidas, resumidas y compartidas...?
En ellas se refleja el espíritu derrotado de muchos, las ansiedades de otros, y sobre todo, la sensibilidad del alma humana. Esa que nos causa congoja y alegría contrariada.
¿Cómo acomodan los terapeutas a sus pacientes en sus archivos? ¿Por nombre, por dolencia, por edad, por género...?
Yo creo que los ordenan así, en las cinco D's: Daños emocionales, depresión, divisiones, dolores y duelos: El gran top 5 de las visitas al psicólogo.
Después de todo, los dulces y difíciles instantes que nos marcan, nos adueñan, nos encierran, y nos inmovilizan o motivan son esas D's: de deterioro, decaimiento, disidencia, daño y desafío.
Son quizá esos soplos de dolor, angustia y pena que se convierten en el aliento del mismo terapeuta quien tal vez, se vea reflejado en los momentos de inquietud de sus pacientes...
Los archivos de los corazones rotos, como he decidido llamarlos, deben ser algo así como la oportunidad efímera de encontrar abrazo al desconsuelo propio.
Esos archivos guardan además, secretos en silencio escondidos en la confidencialidad del disimulado recato.
Esos registros son vestigio de la fragilidad, pero también de la fortaleza y tenacidad de quien acude confiado, a "contar" sus miedos y aspavientos. Sus discreciones e indiscreciones a quien nos presta su escucha y un huequito en el cajón de los misterios.
El orden al final, es lo de menos... Lo que importa es que ahí está su historia y acaso la mía.
La mía que a ratos se cuenta sola y en ocasiones necesita de la pluma del terapeuta para seguirse escribiendo.
La mía que está dicha en fragmentos, pedazos y trozos... Esos cachitos de uno más de los corazones rotos.


viernes, 10 de noviembre de 2017

Un convenio firmado con cariño...

"TÚ Y YO TENEMOS UN PACTO DE AMOR"

Por Mireya Cerrillo.


Un pacto es por definición, un convenio en el que dos partes se comprometen a cumplir al ejecutar ciertas acciones.

Esta es nuestra historia:
Como todos saben, tengo la tendencia a idealizar la muerte y a ponerla a mi disposición con constantes pensamientos suicidas.

Ella, la luz de mi vida. Siente que su llama no sólo se está apagando, sino que se está extinguiendo... Y así como ella se pone nerviosa al saberme imprudente, a mí me pone muy triste la sola idea de perderla. Literalmente moriría si no la supiera en mi vida, y supongo que poniendo la relación en perspectiva, ella siente lo mismo por mi, y al fin entiendo... Y lo siento.

Con cada nueva convivencia descubrimos alguna mutua coincidencia, algún gusto recíproco o cualquier cosa en común... Y eso nos gusta.
Realmente me sorprende lo honesta y sinceras que somos la una con la otra, no hay secretos. Todo me sabe. Todo le sé. 
Y es bueno saber y sentir que hay alguien en este mundo tan peculiar, a quien puedas entregarle tu corazón y alma entera sin temor a que pueda ser destruida... Excepto: cuando me vence la desesperación y frustración, o cuando le gana la mala intuición y extrema credulidad.

Por eso, este es nuestro trato:
Yo, Mireya, me comprometo a reconciliarme con la vida. A llorar lo que no he llorado, a ser honesta conmigo, a decir y vivir mi verdad. A escribir y leer más. A no dejarme vencer por mis propios pensamientos y a renovar constantemente y cuantas veces sea necesaria, mi actitud hacia la vida y las cosas que me hacen sentir viva.

Yo, Liz, me comprometo a restablecer mi pasión por la vida, y sincerarme con los que me hacen sentir viva. A ser leal a mis verdaderos deseos de vivir, y renunciar a la falsa idea de que mi vida se acabará pronto. A no traicionar mis anhelos de envejecer con engañosa clarividencia, y estar y ser para llevar a cabo mis proyectos y ver crecer a mi familia.

Prometemos, ser fieles a este convenio por el plazo mínimo de un año. Un año en el que cerraremos ciclos que nos atrasan en nuestro crecimiento y desarrollo. Un año que irá marcado por la fuerza de un tigre de fuego y la garra de un león. Por la perseverancia y el encanto de una serpiente de madera, y por la sabiduría de saber poner todo en la balanza para: cambiar de piel, de mente, de cuerpo, de ideas y prejuicios.

La serpiente para los mayas era: sabiduría y renovación. Y aunque el tigre sea impredecible, para la cultura china significa: protección, fuerza y riqueza. Ambos presuntuosos, vanidosos, elegantes y audaces. Una vez más, ¡qué potente coincidencia!, ¡qué bella armonía!.

Hoy, nuestras auras muestran el tono turquesa como señal de la intuición, la energía, el dinamismo, la influencia y el movimiento que nos empujarán a realizar éste acertado y conveniente renacer.

Quiero resumir nuestro pacto con las bellas palabras de Ángeles Mastretta:

“Yo me comprometo a vivir con intensidad y regocijo, a no dejarme vencer por los abismos del amor, ni por el miedo ni por el olvido, ni siquiera por el tormento de una pasión contrariada. Me comprometo a recordar, a conocer mis yerros, a bendecir mis arrebatos. Me comprometo a perdonar los abandonos, a no desdeñar nada de todo lo que me conmueva, me deslumbre, me quebrante, me alegre. Larga vida prometo, larga paciencia, historias largas. Y nada abreviaré que deba sucederme: ni la pena ni el éxtasis para que cuando sea viejo tenga como deleite la detallada historia de mis días.”

Y sabiéndonos mujeres de palabra, que a pesar de nuestros propios desalientos, sabemos que encontramos el consuelo y el ánimo en el cariño recíproco para decir:
 "Cuentas conmigo. Cuento contigo. Estoy aquí. Y te sé y siento aquí. No estás sola. No estoy sola. Y más allá del pacto eterno de almas que nos precede, sellamos con un tatuaje en el corazón este pacto de amor."

A los Ángeles: Gracias.

viernes, 3 de noviembre de 2017

Confesión de muerte...


"Los ángeles pueden volar... Ella susurró y saltó."

                          Por Mireya Cerrillo. 


Les voy a confesar algo:
He deseado morirme hace ya bastante años,
Que no sé qué hacer con tantos pensamientos extraños.

La verdad, no sé por qué no lo hago.
Mi miedo se convierte en parálisis. 
Y entonces me quedo así:
En el estrago de mi propio análisis.

Tuve una conversación con la muerte. 
Quería que le hiciera una calaverita a cambio de que ella diera paso a que me hicieran mi esquela. Finalmente.

Se quedó pensando...
Quizás acepte. 
Mi idea es buena. 
Ya no quiero seguir luchando. 
Y ella sólo quiere tenerme. 

¿Cuál es el problema Mireya?
¿Por qué te sientes tan triste, sola e indefensa?
Porque no comprendo la vida y aún guardo secretos que me hacen daño  día a día. 

No me siento yo. ¿Quién soy, qué soy?... Me siento vacía.
Sigo sin entender de qué se trata realmente esta puta vida.

¿De amar, de ser, viajar, querer...?
Ya lo hice. Déjenme irme.
Ya no quiero sentir que sobrevivo sin ningún sentido. 
No me digan que me quieren porque por un rato, aquí me detienen. 
No me digan que me echaran de menos, cuando poco es lo que nos vemos. 
Y al final, no me entienden.

Lloro de día y de noche. 
Entre libros y sueños.
Sin ningún motivo...
Tengo deseos de desaparecer simplemente. 

No soy nada. No soy nadie.
No sé para qué respiro.
Busco algo que me irradie
y que su luz me de un giro. 

Pero ese momento es un suspiro...
Quiero más. Quiero todo. Quiero nada. 
Quiero sentir que vivo... de algún modo. Mas tengo un corazón frío.

Soy suicida de pensamiento. 
Soy mi mayor riesgo. 
La voz en mi dice: será rápido,
vete y desaparece. 

Más algo me lo impide...
pero no por mucho tiempo.
Viene la peor temporada del año. 
Y quizás en un descuide... por fin me suicide.

Sólo lamentaría no haber escuchado de sus labios un te amo sincero. 
Y hasta eso: quizá lo dijo... y oir no pude por miedo. 

Ese maldito miedo. 
No me durará por siempre...
Soy mi mayor riesgo. 
Y entre tanta duda constante,
de una cosa estoy segura:
me dejaré llevar y por favor, no pueden ayudarme, no intenten detenerme.



martes, 31 de octubre de 2017

Calaverita a Liz...


                         Por Mireya Cerrillo. 


Ella es Liz, tan llena de nostalgias
mas con una sonrisa sincera y feliz.
La Calaca la buscaba para una consulta: Quería saber sobre la psicología de la muerte. 
¿Final o inicio se cuestionaba?
Y Liz le dejó tareas para ayudarla.

La psique es algo complicado le explicaba.
Continuación de la vida tal vez...
Charlaban y debatían... y a ninguna conclusión llegaban.

La muerte se sentía confundida por su tarea de llevarse a quienes Liz más quería. Y Liz le argumentaba que esa era su misión de vida... por muy loco que sonara.

Esta vez no te quiero a ti por tus huesitos, le dijo claramente a la psicóloga.
Quiero recordarte que si bien, soy la complicada muerte... Tú ayudas a los vivos en el difícil camino a  reconocerse y por eso, aún no es momento de temerme.

Liz le preguntó por sus difuntos, y ella le dijo: "No temas. Descansan tranquilos. Te piensan, vigilan, guían, agradecen y aman."

Entre lágrimas de añoranza, la flaca le recordaba: "aquel que cura el alma, es más grande que aquel que sólo cura el cuerpo..." Así lo decía Jung... a quien la calva cariñosamente llamaba su amigo Gus...

¿Y por qué has venido a verme? dudaba Liz... Para recordarte quién soy y quién eres... 
Somos un fugaz momento... y tienes (im)pacientes a la vida renuentes... Me tientan en sus pensamientos y no es así cómo me los llevo... Por más fascinantes que sus ideas sean.

Hay una traviesa que me piensa más de lo que debe y realmente me seduce... 
Háblale de mí.
Que no se sienta indefensa. Recuérdale que estás tú para darle amor a manos llenas. Y que la vida en sí, corre por sus venas. 

Cuéntale que quizá me desea, que solo quiere conocerme, que no está peleada con la vida. Y que finalmente entiendo, somos complemento... Todo en su debido tiempo... ya vendré por ella cuando necesite quien redacte con belleza y amor mi esquela. Pues la quiero como yo: hecha con elegancia y cautela. 

Liz aún desorientada y sorprendida... Se atrevió a confesarle que sentía perdida su pasión por aquello de la psicología. Le agradecía la visita para recordarle que si bien, no sería pronto... a ella también se la llevaría. 

Entre risas La Calavera le dijo: aun no te quiero de retrato de ofrenda... Sino como tú eres: ¡Estupenda!.

Quedaron como amigas agradecidas por el encuentro.
La Chirrifusca se fue con su cerebro en su centro... Y Liz siguió con su labor de ser claridad para quienes no la sentían dentro. 

Mireya ese día pensó en ellas y les escribió esto. Un homenaje a la luz y la oscuridad de su mente...

Con cariño siempre...






lunes, 30 de octubre de 2017

La muerte y yo...




"Si quieres poder soportar la vida. Debes estar dispuesto a aceptar la muerte."

                                              Por Mireya Cerrillo.


Era domingo de descanso reparador.
Casi noche de muertos.
Noches de un raro resplandor en las que soplaba el viento como incitando a esos pensamientos de fin, que se quedaban en patéticos principios de calidad ruín.

 Mireya con perplejidad se preguntaba: ¿puede morir la muerte?
¿Quién la reemplazaría si así fuera
y quién dio vida a la muerte?

Los hombres reflexionaba, y esa necesidad de un antagónico. Ante el bien, debe haber mal, y ante la vida existe la muerte. Simple, no hay más.

Fuera como fuese: La muerte por alguna razón quizás extraña, le fascinaba.
No había intentado acercarse aún a ella. Pero cómo le llamaba: Seducirla, tentarla y pensarla la mantenía con la mente sin claridad y siempre ocupada.

La Calaca la visitaba en sueños con diferentes nombres y formas.
A veces era así encantadora: Con una belleza superior y alas como un ángel destructor, con mirada persuasiva y cuerpo castigador.
 Y otras era así: calva, risueña y esquelética. Graciosa, dentona y torpe. En esta versión no le parecía muy lista. Y quizá por eso no la tomaba tampoco en serio. Le parecía digna de una Calavera, pero jamás de un poema.
En cambio el ángel, era definitivamente un corrruptor sagaz, inspirador de esas cosas que ella llamaba: "sus letras"...

A decir verdad, con ninguno hablaba... Más de ambos se burlaba. Solo se miraban y mutuamemte se tentaban. Era un coqueteo del tipo: "yo iré a tí primero."
Y vendrás por mí porque así lo quiero. Bajo mis propios términos.

En esos silencios que mucho decían, cayó en la cuenta de que Mireya no buscaba al muerto ausente, sino aquel que en ella habitaba.
Recordó las palabras de Villoro: "el suicida ya está muerto antes de saltar."
Y ella sentía lanzarse al vacío constantemente...

Qué cosa tan intrigante eso de la muerte... Aquello de morir significaba no sentir, no sufrir. Terminar de ser. Y sin embargo: estar, sin vivir.

Quizá era sólo eso: un flirteo y un mútuo jugueteo... O tal vez era más: su más profundo deseo, y como tal, no descansaría hasta obtenerlo y hacerlo realidad:

Concluir mirándola a los ojos y decir: Aquí estoy. Aquí me tienes. Me rindo. He ganado. Yo llegué primero.
Abrázame y no me sueltes. Dame el beso último y llévame a ese lugar donde nada importa, nada afligue y nada tienes.

La Chirrifusca se reiría de mi probablemente, más el angel, sin decir más, me llevaría y finalmente hablaría: "No me iré.  No te dejo. Soy tuyo y eres mía.  Nos pertenecemos. Descansa y alcemos el vuelo..."


lunes, 23 de octubre de 2017

Amores breves....




Por Mireya Cerrillo.


Hace algunos años emprendí un viaje que me llevó a aprender la palabra: "nostalgia". En un principio la entendí como la añoranza por la distancia, por mi país y los míos. Hoy la vivo como la melancolía de los que se quedaron lejos pero que llevo conmigo siempre: por los amigos que se volvieron familia, los lugares que son recuerdos y los amores que se convirtieron en ayeres...
"La nostalgia no es lo que era..." Y la aflicción del amor primero tampoco: ¿Cómo te recuerdo ahora después de haberte querido tanto?... ¿Cómo te saludo después de tantos días de ausencia?... ¿Qué te digo hoy, cuando ya te dije: te quiero?... ¿Cómo es tu cuerpo después de haber desnudado tu mente?... ¿Y por qué me buscas ahora, y resuenas en mí?...

Todos tenemos ese amor secreto, intenso, y breve... que nos hará preguntarnos mil y una veces: ¿qué hubiera pasado si todo hubiera sido diferente...?
La respuesta es simple: no escribiría estas lineas y no sentiría las huellas de ese amor primero. 

¿Sabes? He amado un par de veces más después de ti. A cada uno en su especial momento y con todo este corazón que late con fuerza y con miedo. ¿Qué tienen en común Uds. tres?: Todos lejanos, todos ausentes. Me han dicho te quiero. Me han dicho te extraño... y se extinguieron de repente. Ninguno cree en el amor. Los tres se sienten decepcionados. Y yo he pagado las consecuencias de sus inseguridades y amores pasados y rotos. ¡Qué conveniente!

¡Y cuánto les he querido! ¡Y de qué manera me he entregado! Quizá por eso llevo un vacío en el pecho. De tantos quereres no correspondidos. Cargo un beso con sabor a silencio. Y un abrazo hueco y desocupado.

Los recuerdo en una ciudad para cada uno, tan diferentes y tan iguales. Con una tregua que evoca algarabías de nosotros, y tristezas aún plenas de escombros.

Escribía el poeta Fernando Celada: "Ausencia quiere decir olvido, decir tinieblas, decir jamás... Ausencia quiere decir nublado, pues no hay peor infierno que haberse amado..."

Gracias porque les debo lo que soy en el amor. Antepasados a mis ilusiones rotas y sonrisas huídas.
Son recuerdos en el viento...la dicha no conseguida... y el sin sentido a esa sed que por Uds. ardía. 

¿En dónde yacen mis profundos anhelos? En la incredulidad de que nos encontramos sin verdaderamente hallarnos.