lunes, 20 de abril de 2020

Mireia...


"Mireya, este nombre afortunado que trae en sí mismo la poesía. - Es Mireya -decía ella- es la bella Mireya: una historia perdida, de la cual tan solo existía el nombre de la heroína y un rayo de belleza dentro de una bruma de amor." Frédéric Mistral

Por Mireya Cerrillo. 

Tal y como ha quedado establecido, mi abuelita nació un Sábado de Gloria, 19 de abril de hace exactamente 95 años. Como era la costumbre, la nombraron de acuerdo al santoral del día, y cumpliendo también con la tradición de los bautizados hijos de Cristo, le añadieron el nombre de María. Así, su nombre es: Gloria María. Años después se convertiría en madre, y siguiendo el ritual de la onomástica en el que los primeros hijos llevarían el nombre de los padres, a mi mamá la llamaron Gloria y le antepusieron el María para hacer la generosa distinción con su progenitora al invertir el orden, y claro, haciendo eco del ritual ya explicado, ella es: María Gloria. Muchos pero muchos años después, y tras tres varones, nació la "esperada nena de la casa", ósea YO 🤭🤗. Y como no, siendo la única mujer heredera del nombre de mi mamá me llamarían ¡Gloria! Afortunadamente, hicieron caso omiso al santoral del 29 de Septiembre y no me llamaron Micaela. Y siendo que María ya no cabía ni al derecho ni al revés y después de un claustro familiar, mis hermanos decidieron llamarme Mireya. Muy parecido al María, del francés Mireille y proveniente del verbo occitano "admirar", y del catalán Mireia que etimológicamente proviene del provenzal y significa "meravilha" (maravilla). Mireiya es decir: "maravilla admirable". Así, mi nombre es más apóstata que cristiano, pues me llamo Gloria Mireya. El autor francés Frédéric Mistral, nacido en la Provenza y escritor en lengua occitana, inmortalizó el nombre de Mireia en la obra que escribió y por la cual más adelante el asteroide 594 se llamaría Mireille. Parte de ese famoso poema lo cito a continuación. Mistral dice en sus memorias que este nombre lo había escuchado solamente a su abuela y su madre: (Obviamente) "Mireya, este nombre afortunado que trae en sí mismo la poesía, tenía que ser fatalmente el de mi heroína, puesto que, desde la cuna lo he escuchado en casa, pero solamente en nuestra casa. Cuando la pobre Nanon, mi abuela materna, quería complacer un poco una de sus hijas decía: - Es Mireya -decía ella- es la bella Mireya, es Mireya, amores míos. Y mi madre decía, para complacer a veces a una chica: - ¡Atención! la veis, ¡Mireya, amores míos! Mas cuando pregunté sobre Mireya, nadie me supo decir nada: una historia perdida, de la cual tan solo existía el nombre de la heroína y un rayo de belleza dentro de una bruma de amor." Quizá me identifico con la historia... Y bueno, el final ya lo saben: No habrá más Marías, ni Glorias, ni mucho menos Mireyas, pues mi vástago se llama Poochini (en hommage al grande compositor de óperas italiano Giacomo Puccini)... 🤭 ... Si han leído hasta aquí, ahora se pueden reír y podéis ir en paz. Por su atención, Gracias... Mensaje de mi mamá: Ok, pero Mireya significa "mi estrella", y es el homónimo de la Virgen "María". (El equipo de redacción no ha encontrado pruebas fehacientes de lo que ella afirma.) 🤪🤣😂

Ella y yo...


“Y al final, las dos se querían pero no sabían cómo hacérselo saber...”

Por Mireya Cerrillo.

He tenido esta batalla tantas veces, que siempre sé cómo acaba. He sido parte de la discusión y de la Paz. Y ahora quiero ceder paso a la reconciliación entre Ella y Yo.
Leí: “El hijo con el que más discutes, es el que más se parece a ti”.
Veamos: ella es de personalidad sensible, con el corazón de poeta, con una enorme necesidad de sentirse amada, y con un carácter alegre pero explosivo. Ella no sabe medir sus palabras cuando se siente agredida. 
La diferencia: No conoce las palabras perdón ni olvido. 
Quiero sanar esta herida y no sé por dónde empezar; nos rompimos hace tiempo por una mentira a la que diste lugar. Después, es verdad que yo cometí un error que te causó decepción y tristeza, cómo si algo hubieras hecho mal. Y ni me perdonas, ni lo olvidas.  Estas ahí para recordármelo de la peor manera y en el momento más inapropiado. Siempre está ahí tu herida, esa que yo no sé cómo sanar. Dices que te recuerdo mucho a papá, y aunque para mi es algo bueno, sé que para ti no lo es. Y eso duele.
Sé que tienes un pasado difícil, todos lo tenemos, pero para ti se trata de un concurso de quién lo ha pasado peor y esa serás tú para ganar.
Contigo hablar, todo es una competencia de protagonismo o victimización, no hay diálogo. Es imposible conversar.
Sin embargo, he aquí mis mejores recuerdos contigo: Cuando me llevabas al colegio y en el auto solíamos cantar, cuando te desvelabas leyéndome alguna lección para que yo aprobara un examen. Cuando estuviste a mi lado rezando porque casi me moría. Pero el más bello: cuando me llevaste a ver Hércules sobre Hielo, lo cual sé, supuso todo un esfuerzo porque es mi peli favorita e hiciste todo cuanto pudiste para comprarme el peluche de Pegaso que aún guardo con cariño.
Las tardes de teatro: “El hombre de la mancha”, “Cirque du Soleil”, “Viena y el vals”, ver los musicales de Broadway y conciertos compartidos, desde Mocedades a los BackstreetBoys. Pasando por Lila Downs y Raúl DiBlasio.
El peor: cuando me miraste sin orgullo y con violencia, y ese es el que no has podido superar porque insisto, siempre me lo recuerdas con brutales adjetivos.
Hace 5 años, en el preludio de un 10 de mayo, fue que sentí que dejaste de ser mi mamá. Esa de antes y te convertiste en este ser incapaz de sentir empatía, o de dar una palabra de amor. Y es verdad que nadie da lo que no recibe. Y nos veo, y te veo a ti y a mi abue, y digo. No puede ser. Cuánta similitud en la pelea. Cuántas heridas en el camino. Incluso te lo dije: “lo que tú sientes por tu abuelita, lo siento yo por la mía; y lo que sientes por tu mamá, lo siento yo por ti.” Sólo hubo lugar para el silencio.
Y aquí estoy. Escribiendo para entender, para llorar, para buscar una respuesta a ese silencio que nos separa y solo sabe atacar.
Porque al final sé, que no porque no me quieras más, significa que me quieras menos. Pero no sé cómo hacértelo saber a ti...
Sin embargo, estoy abierta a la oportunidad que me da la vida de tener tremenda guía  para poder decir, hágase su voluntad. Quiero sanar, quiero avanzar. 


sábado, 11 de abril de 2020

Confinamiento...


"El tiempo acaba con la epidemia del amor" Joaquín Sabina

Por Mireya Cerrillo. 

Estoy en confinamiento con el resto de la humanidad. Cada quien en su espacio, en su mundo y en su extraña soledad. Hay quienes lo viven como un momento de introspección, otros ven en estos días el ultimátum para hacer las cosas que no hicieron y desean cumplir. Hay quienes simplemente ignoran esta realidad. Y hay quienes se replantean sus metas con miedo e incertidumbre sobre un futuro que hoy se sabe incierto. Sea como sea, lo que es cierto es que es un reto: uno físico, mental, emocional, que nos invita a reconocer nuestra individualidad, a la vez que nos incita a reflexionar sobre nuestra vida en comunidad. En lo personal, me ha enfrentado nuevamente a la parte más oscura de mi, esa que quiere morir, desistir, dejar de existir y de sentir. Esa que llama a mi peor enemigo, crítico y juez: yo misma. Pero al mismo tiempo, me ha permitido ver, una vez más la luz a través de los ojos del amor y del abrazo del perdón para enseñarme otra vez que el amor lo puede todo. Y no me refiero a ese amor idealizado de cuentos de hadas falsas o de las series banales de televisión en las que he inmerso parte de mi día a día para escapar de las noticias pandemicas y endémicas. Me refiero a un amor que, si bien reconozco es mi mayor contención, pues como decía Audrey Hepburn: "nací con una enorme necesidad de afecto y una enorme necesidad de darlo"; es un amor que se sabe incondicional, único, casi maternal y verdadero. Es un amor que me reclama atención de la misma manera que yo lo pido a gritos silenciosos entre lágrimas. Un amor que sé ofrecer a muchos pero no recuerdo cómo darmelo a mi misma. Estamos en un encierro obligado; hace 3 meses que pasé por la misma situación y entonces reaprendí a caminar, a no perder el equilibrio, a confiar en cada paso dado y a recordar que en mis pies encontraría el soporte y apoyo que por meses sentía perdido. Hoy, este encierro me recuerda lo aprendido y a no perder mi camino. Me pide enfocarme nuevamente en las cosas y personas que me dan paz y tramquilidad. Me invita a reaprender a amarme, a saber estar profundamente conmigo y sobretodo, a agradecer todo esto que vivo, que respiro, que siento, que me hace arder el pecho en recuerdos de amigos que están lejos, a vivir lo bello de la nostalgia, a revivir los viajes para repasarlos y saborear los pasos dados por otros lados que hoy también se saben aislados. Es un amor que me reconecta con los míos, con mis abuelos, con mis ancestros. Con aquellos a quienes a veces doy por sentado y con quienes he puesto distancia, no siempre de la sana, hace ya tanto tiempo... Es un amor infantil porque me recuerda que la vida es un juego, no hay que tomarla tan en serio... Es un amor adolescente porque llora y es empalagoso y se rompe y no lo entiende. Es un amor maduro porque se acepta, porque se expande y se reparte. Es un amor del que aprendo de quien me enseña. Y que doy a brazos llenos y sin miramiento. "No salgan de casa" es la orden. Ve dentro de ti, ese es tu hogar: limpialo, cuídalo, no dejes entrar la toxicidad. Al parecer el virus se replica si hay contacto. Hoy entendí que el amor actúa de la misma manera. Cuando salgamos de casa... no, perdón, cuando salgamos de nosotros mismos, estoy segura de que seremos mejores personas, una comunidad más consciente y despierta a las necesidades del otro. Un mundo donde no se hable del amor, sino que se viva el amor.