lunes, 14 de diciembre de 2020

Huidizo...

 

                                                        Amor fugitivo, escultura de Rodin.


"Qué importa esperarte un ratito, cuando jhace más de una vida que nos venimos queriendo encontrar", Brando.


Intento no pensar en aquello que fuimos,

Sin embargo, si me dejo llevar,

oníricos deseos es lo que entreveo.

 

Recuerdo mil y una cosas,

Detalles, momentos.

Y solo eso puedo hacer: rememorar.

porque ahí se queda todo: en la memoria.

 

Mas no puedo dejar de cuestionarme.

¿y tú qué piensas?

¿y tú qué sientes?

Sea lo que sea, se queda en un silencio perenne.

 

No te preocupes. Lo intuyo.

Lo tuyo. Lo mío es algo huidizo.

Se escapa de mis sentimientos.

Se va de tus manos.

 

Nos evade y se evapora.

Y como yo en todo.

Me fugo más permanezco en capricho.

Con una idea, una tonta ilusión.

 

Seamos amigos.

Seamos francos.

Seamos honestos.

Seamos lo que no fuimos.

 

Ese par de huidizos y fugitivos.

Que no saben amar,

Que se desean abrazar.

Escurridizos nos dejamos llevar.

 

A huir, a escapar, a no ser y no estar.

A correr, dispersarnos…

En sueños, o a ratos.

En vida o en el más allá.

¿Esta vez quién se irá primero?



Amor fugit de Rodin: Dante describe en el segundo círculo del Infierno el errar sin fin de las parejas unidas por un amor prohibido, a lo que Rodin añade una inspiración baudelairiana. El hombre y la mujer no desempeñan el mismo papel: la belleza y la sensualidad de la tentadora, arrastran al hombre hacia su caída.

domingo, 25 de octubre de 2020

Fracciones...

 

“La vida no se mide por los momentos que respiras, sino por los momentos que te quitan el aliento.”

Soy Mireya.
Escribo desde la calma y la misma tormenta.
Sobreviví a lo más fuerte y poderoso que conozco:
Yo misma.

No, no es un ego inflado.
Es uno desganado.
Uno que se ha rendido a la vida y a la muerte....
Y han logrado estremecerme.

Puede que me sienta fuera de lugar.
Ajena.
Con ganas de reír y jugar...sin pena.
Pero sigo si algo siento es miedo, resiliencia comprendida.
¡v i v i r!

Ir, venir. Subir, bajar.
Lo mismo pero diferente.
Yo: la misma de siempre. 
Con mis nostalgias y añoranzas,
Esa alma triste pero con un motivo y una constante.

Algunos instantes.
Esa mirada.
Esos ojitos que parecen míos y no lo son.
Esa nariz que respira por dos.
¡Me fortalece!

Muero.
Morir lentamente y estar de regreso.
Me veo en ti y de pronto ¡búm!
¡pertenezco!.

¡Gracias por existir!
¡Te extraño!
¡Te necesito!
¡Recupérate pronto!
Pronto es ahora.
Ahora ya es tarde.
¡Te quiero.!
Enséñame el mundo.
Tú. Yo. ¡Te comparto y te comprendo.!
De corazón, mi corazón te lo agradece.
Gracias. Gracias. Gracias.

Mi letra ha cambiado: eso parece.
Es más pequeña. No tengo fuerza.
Sin embargo, el dolor y la pena: musas y compañeras de lenguas.

Me morí durante un lapso de entre seis y siete.
De un día siete del mes diez del veinte veinte.

Parecen fracciones: así la vida. Así la muerte.

A momentos.
A ratos.
A espacios.
A silencios.
A instantes...





miércoles, 7 de octubre de 2020

Concluyo que es momento de concluir...

 


Mi nombre es Gloria Mireya Cerrillo Romero, tengo 34 años recién cumplidos y esta es parte de mi historia.

Nací, de acuerdo con los registros, un lunes 29 de septiembre de 1986 a las 15.50 p.m. Se dice, era un día lluvioso. Quizá así se quedaron mi corazón y mi alma: nublada.

Haciendo memoria, me doy cuenta de que siempre fui una niña “diferente”. Mis primeros años me caracterizaban por ser una niña tranquila: “Mireya, la calladita” dictaba mi regalo de la maestra de 3º de Kínder. Estudiosa, valiente, cumplida, aplicada, con un sentido de pertenencia en la escuela: leyendo y aprendiendo supe encontrar un lugar sólo para mí. Disfrutaba hacer mis tareas y obtener mi merecido 10.

La primaria no fue diferente, simplemente que los problemas previos de gripes constantes y resfriados derivaron en una neumonía que me llevó un par de semanas al hospital. Recuerdo estar ahí, despertar entre sueños y ver cada día a mi abuelita y a mi mamá llorando y rezando. Y así supongo que las dejaré: tristes y otorgándome sus bendiciones. La secuela de esta hospitalización fue el asma: una enfermedad respiratoria que emocionalmente se relaciona directamente con la tristeza.

Mi adolescencia comenzó contrariada como la de todos, sin embargo, ya desde entonces sentía poco amor por la vida, no le encontraba sentido y mucho menos la entendía.

Admito, que desde los 13 años pensaba que saltar desde el balcón de nuestra casa terminaría con todo ese pesar y dolor que, en ese entonces, no entendía.

Como era de esperarse, terminé mi etapa de educación básica con éxito: con las buenas notas que ya me precedían, con uno que otro desencuentro con las matemáticas, física y química.

Recuerdo que mi primera elección de carrera fue ser Chef, y en mi casa me dijeron: “Mireya, eres mujer, un día te vas a casar y te la vas a vivir cocinando. ¿Quieres hacer eso en tu trabajo? No vas a llegar lejos, todos los chefs famosos son hombres. Tienes potencial para más”.

Obedecí al consejo y entonces pensé en Psicología, gracias a la clase que llevamos en el Bachillerato me fascinó saber sobre la mente humana, las emociones, y la función de los neurotransmisores en nuestro cerebro. ¿Quién lo diría?

Después, mi idea se centró en que poseo un talento nato para escribir, y decidí contar historias. Entonces, me decanté por Periodismo. No obstante, siguiendo falsos sueños e ilusiones me metí a estudiar Medicina, quería entender mis pulmones, y darle voz a los niños que padecían enfermedades respiratorias.

Mi cambio de carrera a Periodismo fue inmediato, así como mi salida de esta, debido a que no me representaba un reto, pero sí un desgaste escuchar a un profesor misógino aseverar que, para llegar lejos en esa profesión, había que “dar las nalgas”, esto lo dijo a un grupo de 7 mujeres y 1 hombre.

Mi siguiente paso fue irme a España, porque las mejores escuelas de Periodismo estaban ahí. Porque tampoco me dejaron irme a la Ciudad de México a la Escuela de Periodismo Carlos Septién García. Literalmente me dijeron: “antes a Australia que a la inseguridad de la Ciudad de México.” No fue a Australia, pero sí a Europa, un continente que me permitió en la soledad y la distancia, conocerme, reconocerme y saber exactamente de dónde vengo. Gracias a esos años estudiando las más hermosas carreras: Humanidades y mi maestría en Relaciones Internacionales y Diplomacia, aprendí lo maravilloso que es el mundo, lo cruel que es también, pero, sobre todo, el valor de mi lengua, de mi cultura, de mi persona para dar voz a los temas que me apasionan. Son pensándolo bien, dos carreras que se complementan y dan equilibrio, una me enseñó lo bello, y la otra, la parte mala de la humanidad.

Supongo que erré al alejarme de mi sueño primero: el periodismo internacional. Porque verán, a mí me gustan las cosas a lo grande. Entonces no me conformaba un periódico local, yo quería las grandes ligas, estar a la par de Christiane Amanpour, quería sentarme con los buenos y los malos, interrogarlos, dar respuestas a las cosas que parece nadie miraba, y una vez más, usar mi voz.

 A pesar de ello, mis primeros pasos laborales fueron en el área de la docencia, me gustaba enseñar y aprender y desaprender, pagar mis deudas con mis propios maestros que soportaron mis risas y bromas.

En todo lo que he hecho, siempre me he dicho: “se la tía que te hubiera gustado tener”, “sé la hermana que te hubiera gustado tener”, “sé la profesora que te hubiera gustado tener”. Y así lo hice. Fui empática con las emociones de mis alumnos, fui paciente con los que no me entendían, fui más allá de las aulas para enseñarles ese mundo que yo ya había probado. Hubo quienes lo aceptaron con amor y así, con cariño me lo agradecieron, en cambio, el sistema no lo vio con buenos ojos. “Un profesor no puede ser amigo de sus alumnos”. Pero ¿cómo? Si a mí la vida me enseñó diferente. A mí los europeos me enseñaron diferente, allá se les habla de tú al profesor que es tu igual como persona, si bien será tu superior académicamente. Y eso es lo que vas a aprender. Y guardo con recelo y afecto las veces que en el “bar de la uni” compartí los alimentos con mis profesores y “no pasaba nada, no estaba mal”. Era normal.

Ya en la uni me sentía terriblemente triste y admito que busqué el apoyo al que en ese entonces podía acceder: a la clínica de atención psicológica de la universidad, a las tutorías, las charlas, conferencias… Pensé que mi insomnio era un eterno jet lag, y que mi tristeza profunda era solo nostalgia.

Nadie me supo guiar. Y escribí y escribí sobre todo lo que sentía en ese blog que pocos conocen.

Una vez más, me gradué magna cum laude de mi maestría y con mención honorífica a mi tesis de licenciatura. No fue un 10 porque mi asesor de tesis tuvo que auxiliarme con la presentación de power point que yo había olvidado en mi casa en un usb por los nervios, y eso me costó un punto.

A mi regreso definitivo a México, noté que todo eso que me pasaba era mucho más grande que yo y me dio miedo padecer esquizofrenia como varios de nuestros familiares. Así que por mi propia cuenta y con el apoyo de mi cómplice de siempre, mi querido primito Artur, acudimos a ver a una psiquiatra quien me diagnosticó con ese primer grado de bipolaridad llamado ciclotimia.

Cuando lo comenté a mis hermanos, ellos juraban que yo iba a salir del clóset o a decirles que estaba embarazada, cuando lo único que iba a explicarles era que necesitaba ayuda. Gracias a su consejo e incredulidad me solicitaron ir con otra Dra. y pedir una segunda opinión. La Dra, que desde entonces me ha tratado por trastorno bipolar II, el siguiente nivel de este trastorno del estado de ánimo o del humor del que he leído hasta la saciedad, he aprendido a conocerlo, y a sobrevivir con él. Sí, sobrevivir, porque después de todos estos años de tratamiento y terapia, no siento que esta sea una manera de vivir. Y me sigo sintiendo como esa niña: con poco amor por la vida, sin encontrarle sentido y mucho menos la entiendo.

No es normal “vivir” triste todo el tiempo, con un vacío y un sentimiento constante de desesperanza y de ser una carga para todos porque “no he logrado nada”.

Es por eso, y después de intentar y volver a intentar, de buscar toda la ayuda que pude obtener, de revisar una y mil veces los efectos de mi decisión.

Concluyo que es momento de concluir.

Y la única razón por la cual les dejo esta carta, a quienes deseen leerla, no es para que me entiendan o me intenten comprender, y mucho menos me perdonen. Sino para que se liberen de la culpa, de los cuestionamientos, que no llenen este hecho de estigma, silencio y mentiras a mis sobrinos. Es lo que es y punto.

“No es un acto de egoísmo ni de cobardía ni de falta de Dios; es el desenlace de una enfermedad”.

“En esto también cuentan los recursos emocionales de la persona, las redes de apoyo y si tienen algún trastorno mental. Es una enfermedad. Nadie se enferma porque quiere. Hay que pensarlo como un cáncer mental, que se desarrolla, no es algo impulsivo, hay toda una etapa de planeamiento.”

“Sigue siendo una enfermedad. Quien se suicida no quiere morir, lo que quiere es dejar de sufrir.”

Perdónenme, pero "La vida se me ha vuelto tristemente insoportable."

     Los dejo agradecida de haberlos podido llamar Mamá, Papá, hermanos, sobrinas y sobrino, cuñadas, primos, tíos, amigos, conocidos y desconocidos.

     Los dejo agradecida de cada experiencia vivida, compartida, viajada, leída, amada, reída, llorada, comida… Los dejo amándolos profundamente con un beso con aroma a café y sabor a olvido.

Los dejo porque esto para mí, es un acto de (auto)eutanasia. Y no pueden salvarme de mi misma.

Sepan y estén seguros de que ni su amor ni su apoyo fracasó.

Lamento dejarlos con este dolor, pero el que yo siento, Uds. ni siquiera lo comprenden. No lo dimensionan.

Deseo encuentren la paz que necesitan. Deseo puedan sanar esta y otras heridas juntos.

Deseo que den voz a mi historia y que a pesar del dolor que pueda haberles causado, sepan estar sin mí, pero conmigo en sus corazones.

No hay culpables, sólo un mundo que no está preparado para mi y estoy cansada, muy cansada de intentar.

Los quiero siempre. Les agradezco siempre. Y lamento haberles fallado.

 Con amor, Mireya.


P.D. Por favor les pido que me cremen y dejen volar. No me abandonen bajo tierra. No nací para estar enterrada, sino para volar en libertad. Y si mi intento falla, no me dejen regresar.

No tengo nada que heredar más que mi sentido del humor negro y ácido, nada más que mi corazón sensible con un lugar para todos, y una sonrisa brillante que siempre ocultó una profunda tristeza.


miércoles, 30 de septiembre de 2020

Septenios...

Por Mireya Cerrillo. 

"La vida humana tiene tres fases. Veinte años para aprender, veinte años para luchar y veinte años para alcanzar la sabiduría." Proverbio Chino. 

 "La juventud es una época de idealismo, la adultez de escepticismo, y la ancianidad de misticismo." Goethe. 


 Según la teoría de los septenios, la antroposofía divide el desarrollo personal en ciclos de 7 años que marcan la evolución de la conciencia de cada persona a lo largo de la vida, ocurriendo así, cambios significativos en nuestra vida cada 7 años. El filosofo Rudolf Steiner sostiene que, la fase vital clave es la de los 20 a los 35, ya que es durante esta etapa de máximo desarrollo que surge el impulso de darnos al mundo a través de nuestra vocación o de nuestro rol familiar. 

De acuerdo a las biografías tradicionales, es a los 35 cuando el Buda alcanzó la iluminación, y una edad semejante tendría Jesús en el momento en que su vida y obra culminan. Dante Alighieri inicia la Divina comedia afirmando que se halla, a los 35 años, en medio del camino de su vida. Alejandro Magno había conquistado gran parte de Europa impregnando de la cultura helenica a los territorios sometidos, muriendo a sus casi 33 años. Mozart falleció a los 35 años dejando un gran legado musical. 

 Este tumultuoso 2020, si bien cumplo 34 años, me doy cuenta de que entro en la última vuelta al sol de este septenio tan significativo, pues se dice que las capacidades físicas y mentales tienden a culminar a los 35 años de edad, por ejemplo, es la edad en que los jugadores de ajedrez suelen llegar a su máximo nivel.

 ¿Cómo culminaré esta etapa?. No dejan de asombrarme las experiencias vividas en diferentes aspectos y áreas del conocimiento. Hoy sé que es normal cuestionarme si estoy en el camino correcto o qué otro debo seguir. Preguntarme si sumé nuevos valores a mi vida. Si he encontrado y vivo mi misión; y si bien aún no tenga todas las respuestas, cuestionarme me hace pensar que quizá voy por el camino correcto. 

 Dicen que de acuerdo a los septenios me encuentro en el inicio de la llamada crisis de la autenticidad, esa en la que nos volvemos genuinos asumiendo quienes somos y responsables de lo que nos sucede. Así me siento: aperturando la siguiente etapa de espiritualidad, y aceptando (a ratos) quién soy realmente.

 "Aquí estoy yo".

 "Esta soy yo." 

"Acéptame como soy, sea quien sea". 

He cumplido 34 años, y el viaje en sí, ya me parece suficiente: lo recorrido y aprendido a veces lo siento justo y necesario para dar por terminado mi ciclo de vida. Mientras que en otras ocasiones me veo inmersa en mis absurdos pensamientos cuestionandome: ¿si tengo algo y qué tengo que ofrecer durante los siguientes 7 años?, o ¿qué va a ponerme la vida enfrente durante este próximo septenio?. ¿Será finalmente todo lo anhelado o seguiré deambulando por la vida?. Citando la canción de Alejandro Sanz, como un zombie a la intemperie. 

 Sea lo que sea, y mientras decido si puedo continuar o debo culminar mi vida, y sabiendo que no soy Cristo, Buda, Alejandro Magno ni Dante ni Mozart. Que simplemente soy yo: agradecida con la vida, rota a ratos, risueña siempre; me viene a la mente una frase de la actriz y cantante francesa Dalida, quien se suicidó dejando la siguiente nota: "La vida se ha vuelto insoportable… Perdónenme”. 

"La vida se me ha vuelto tristemente insoportable."

¡Feliz cumpleaños a mi!.

viernes, 21 de agosto de 2020

El mar y yo...

                                           “Playa Médano, Cabo San Lucas: mi rincón de paz.”


                                                                                                                                  Por Mireya Cerrillo. 


El mar sabe a nostalgia con un poquito de sal...
Una sal que escuece el alma.

En la arena siento un calor que se me antoja a soledad.

Y con el vaivén de las olas, me percibo ausente en un viaje a la memoria. 

La playa me arropa, el barullo me alegra; todo esto me calma.
Y si bien, a veces olvido quien soy:

El mar sabe a añoranza con una pizca de gracia.

Construyo nuevos sueños areníscos que se van al océano y se pierden en su bendita infinidad.

En ese azul claro y profundo quizá me vuelva a encontrar.

En sus aguas me limpio y quieta ante su inmensidad; el silencio me habla y me vuelve a inquietar.

El mar sabe a serenidad. 
El sol me invita a arder.
Y en éste médano en el mar de Cortés, renazco para volver a ser.


lunes, 20 de abril de 2020

Mireia...


"Mireya, este nombre afortunado que trae en sí mismo la poesía. - Es Mireya -decía ella- es la bella Mireya: una historia perdida, de la cual tan solo existía el nombre de la heroína y un rayo de belleza dentro de una bruma de amor." Frédéric Mistral

Por Mireya Cerrillo. 

Tal y como ha quedado establecido, mi abuelita nació un Sábado de Gloria, 19 de abril de hace exactamente 95 años. Como era la costumbre, la nombraron de acuerdo al santoral del día, y cumpliendo también con la tradición de los bautizados hijos de Cristo, le añadieron el nombre de María. Así, su nombre es: Gloria María. Años después se convertiría en madre, y siguiendo el ritual de la onomástica en el que los primeros hijos llevarían el nombre de los padres, a mi mamá la llamaron Gloria y le antepusieron el María para hacer la generosa distinción con su progenitora al invertir el orden, y claro, haciendo eco del ritual ya explicado, ella es: María Gloria. Muchos pero muchos años después, y tras tres varones, nació la "esperada nena de la casa", ósea YO 🤭🤗. Y como no, siendo la única mujer heredera del nombre de mi mamá me llamarían ¡Gloria! Afortunadamente, hicieron caso omiso al santoral del 29 de Septiembre y no me llamaron Micaela. Y siendo que María ya no cabía ni al derecho ni al revés y después de un claustro familiar, mis hermanos decidieron llamarme Mireya. Muy parecido al María, del francés Mireille y proveniente del verbo occitano "admirar", y del catalán Mireia que etimológicamente proviene del provenzal y significa "meravilha" (maravilla). Mireiya es decir: "maravilla admirable". Así, mi nombre es más apóstata que cristiano, pues me llamo Gloria Mireya. El autor francés Frédéric Mistral, nacido en la Provenza y escritor en lengua occitana, inmortalizó el nombre de Mireia en la obra que escribió y por la cual más adelante el asteroide 594 se llamaría Mireille. Parte de ese famoso poema lo cito a continuación. Mistral dice en sus memorias que este nombre lo había escuchado solamente a su abuela y su madre: (Obviamente) "Mireya, este nombre afortunado que trae en sí mismo la poesía, tenía que ser fatalmente el de mi heroína, puesto que, desde la cuna lo he escuchado en casa, pero solamente en nuestra casa. Cuando la pobre Nanon, mi abuela materna, quería complacer un poco una de sus hijas decía: - Es Mireya -decía ella- es la bella Mireya, es Mireya, amores míos. Y mi madre decía, para complacer a veces a una chica: - ¡Atención! la veis, ¡Mireya, amores míos! Mas cuando pregunté sobre Mireya, nadie me supo decir nada: una historia perdida, de la cual tan solo existía el nombre de la heroína y un rayo de belleza dentro de una bruma de amor." Quizá me identifico con la historia... Y bueno, el final ya lo saben: No habrá más Marías, ni Glorias, ni mucho menos Mireyas, pues mi vástago se llama Poochini (en hommage al grande compositor de óperas italiano Giacomo Puccini)... 🤭 ... Si han leído hasta aquí, ahora se pueden reír y podéis ir en paz. Por su atención, Gracias... Mensaje de mi mamá: Ok, pero Mireya significa "mi estrella", y es el homónimo de la Virgen "María". (El equipo de redacción no ha encontrado pruebas fehacientes de lo que ella afirma.) 🤪🤣😂

Ella y yo...


“Y al final, las dos se querían pero no sabían cómo hacérselo saber...”

Por Mireya Cerrillo.

He tenido esta batalla tantas veces, que siempre sé cómo acaba. He sido parte de la discusión y de la Paz. Y ahora quiero ceder paso a la reconciliación entre Ella y Yo.
Leí: “El hijo con el que más discutes, es el que más se parece a ti”.
Veamos: ella es de personalidad sensible, con el corazón de poeta, con una enorme necesidad de sentirse amada, y con un carácter alegre pero explosivo. Ella no sabe medir sus palabras cuando se siente agredida. 
La diferencia: No conoce las palabras perdón ni olvido. 
Quiero sanar esta herida y no sé por dónde empezar; nos rompimos hace tiempo por una mentira a la que diste lugar. Después, es verdad que yo cometí un error que te causó decepción y tristeza, cómo si algo hubieras hecho mal. Y ni me perdonas, ni lo olvidas.  Estas ahí para recordármelo de la peor manera y en el momento más inapropiado. Siempre está ahí tu herida, esa que yo no sé cómo sanar. Dices que te recuerdo mucho a papá, y aunque para mi es algo bueno, sé que para ti no lo es. Y eso duele.
Sé que tienes un pasado difícil, todos lo tenemos, pero para ti se trata de un concurso de quién lo ha pasado peor y esa serás tú para ganar.
Contigo hablar, todo es una competencia de protagonismo o victimización, no hay diálogo. Es imposible conversar.
Sin embargo, he aquí mis mejores recuerdos contigo: Cuando me llevabas al colegio y en el auto solíamos cantar, cuando te desvelabas leyéndome alguna lección para que yo aprobara un examen. Cuando estuviste a mi lado rezando porque casi me moría. Pero el más bello: cuando me llevaste a ver Hércules sobre Hielo, lo cual sé, supuso todo un esfuerzo porque es mi peli favorita e hiciste todo cuanto pudiste para comprarme el peluche de Pegaso que aún guardo con cariño.
Las tardes de teatro: “El hombre de la mancha”, “Cirque du Soleil”, “Viena y el vals”, ver los musicales de Broadway y conciertos compartidos, desde Mocedades a los BackstreetBoys. Pasando por Lila Downs y Raúl DiBlasio.
El peor: cuando me miraste sin orgullo y con violencia, y ese es el que no has podido superar porque insisto, siempre me lo recuerdas con brutales adjetivos.
Hace 5 años, en el preludio de un 10 de mayo, fue que sentí que dejaste de ser mi mamá. Esa de antes y te convertiste en este ser incapaz de sentir empatía, o de dar una palabra de amor. Y es verdad que nadie da lo que no recibe. Y nos veo, y te veo a ti y a mi abue, y digo. No puede ser. Cuánta similitud en la pelea. Cuántas heridas en el camino. Incluso te lo dije: “lo que tú sientes por tu abuelita, lo siento yo por la mía; y lo que sientes por tu mamá, lo siento yo por ti.” Sólo hubo lugar para el silencio.
Y aquí estoy. Escribiendo para entender, para llorar, para buscar una respuesta a ese silencio que nos separa y solo sabe atacar.
Porque al final sé, que no porque no me quieras más, significa que me quieras menos. Pero no sé cómo hacértelo saber a ti...
Sin embargo, estoy abierta a la oportunidad que me da la vida de tener tremenda guía  para poder decir, hágase su voluntad. Quiero sanar, quiero avanzar. 


sábado, 11 de abril de 2020

Confinamiento...


"El tiempo acaba con la epidemia del amor" Joaquín Sabina

Por Mireya Cerrillo. 

Estoy en confinamiento con el resto de la humanidad. Cada quien en su espacio, en su mundo y en su extraña soledad. Hay quienes lo viven como un momento de introspección, otros ven en estos días el ultimátum para hacer las cosas que no hicieron y desean cumplir. Hay quienes simplemente ignoran esta realidad. Y hay quienes se replantean sus metas con miedo e incertidumbre sobre un futuro que hoy se sabe incierto. Sea como sea, lo que es cierto es que es un reto: uno físico, mental, emocional, que nos invita a reconocer nuestra individualidad, a la vez que nos incita a reflexionar sobre nuestra vida en comunidad. En lo personal, me ha enfrentado nuevamente a la parte más oscura de mi, esa que quiere morir, desistir, dejar de existir y de sentir. Esa que llama a mi peor enemigo, crítico y juez: yo misma. Pero al mismo tiempo, me ha permitido ver, una vez más la luz a través de los ojos del amor y del abrazo del perdón para enseñarme otra vez que el amor lo puede todo. Y no me refiero a ese amor idealizado de cuentos de hadas falsas o de las series banales de televisión en las que he inmerso parte de mi día a día para escapar de las noticias pandemicas y endémicas. Me refiero a un amor que, si bien reconozco es mi mayor contención, pues como decía Audrey Hepburn: "nací con una enorme necesidad de afecto y una enorme necesidad de darlo"; es un amor que se sabe incondicional, único, casi maternal y verdadero. Es un amor que me reclama atención de la misma manera que yo lo pido a gritos silenciosos entre lágrimas. Un amor que sé ofrecer a muchos pero no recuerdo cómo darmelo a mi misma. Estamos en un encierro obligado; hace 3 meses que pasé por la misma situación y entonces reaprendí a caminar, a no perder el equilibrio, a confiar en cada paso dado y a recordar que en mis pies encontraría el soporte y apoyo que por meses sentía perdido. Hoy, este encierro me recuerda lo aprendido y a no perder mi camino. Me pide enfocarme nuevamente en las cosas y personas que me dan paz y tramquilidad. Me invita a reaprender a amarme, a saber estar profundamente conmigo y sobretodo, a agradecer todo esto que vivo, que respiro, que siento, que me hace arder el pecho en recuerdos de amigos que están lejos, a vivir lo bello de la nostalgia, a revivir los viajes para repasarlos y saborear los pasos dados por otros lados que hoy también se saben aislados. Es un amor que me reconecta con los míos, con mis abuelos, con mis ancestros. Con aquellos a quienes a veces doy por sentado y con quienes he puesto distancia, no siempre de la sana, hace ya tanto tiempo... Es un amor infantil porque me recuerda que la vida es un juego, no hay que tomarla tan en serio... Es un amor adolescente porque llora y es empalagoso y se rompe y no lo entiende. Es un amor maduro porque se acepta, porque se expande y se reparte. Es un amor del que aprendo de quien me enseña. Y que doy a brazos llenos y sin miramiento. "No salgan de casa" es la orden. Ve dentro de ti, ese es tu hogar: limpialo, cuídalo, no dejes entrar la toxicidad. Al parecer el virus se replica si hay contacto. Hoy entendí que el amor actúa de la misma manera. Cuando salgamos de casa... no, perdón, cuando salgamos de nosotros mismos, estoy segura de que seremos mejores personas, una comunidad más consciente y despierta a las necesidades del otro. Un mundo donde no se hable del amor, sino que se viva el amor.