martes, 21 de junio de 2016

Promesas...

"Lo que prometas bajo la luna, cúmplelo al salir el sol..."

Por Mireya Cerrillo.

Mi papá se comprometió a que no se iría de mi lado... y un día me dí cuenta de que estaba ya muy lejos.
Mi hermano juró que no dejaríamos de hablarnos... y hace meses que no sé de él.
Tú me prometiste que iríamos un día a la vez, que hablaríamos siempre y que me amarías cada día con sus noches... Mas entre silencios y sollozos nos dejamos llevar, me dejaste ir y mirándome a los ojos me dijiste que ya no me amas. ¿Se te habrá olvidado lo que habías prometido? ¿Acaso todo fue una mentira?
Me prometí que no lloraría jamás por un hombre... Sin embargo, ya he llorado por dos. Y por ti en más de una tonta despedida. Y de todas las promesas rotas, esta última es la que más me hiere.
Me duele reconocerme así tan débil. Me lastima saberme ingenua y me vulnera tanto que me daña.
Quizá sea parte de mi propio karma: Mea culpa. Por prometer que amaría tu lado oscuro así como amé tu luz. Por prometer que estaría para ti siempre sin importar que...ni siquiera yo. Y sobretodo, por creer estúpidamente que una promesa es tan esencial como lo es cumplirla.
Pero no te sientas mal. No eres el primero, ni serás el último en no corresponder a una promesa. Cada día me enfrento a ellas: a la cita cancelada, a la deuda no saldada, al pacto no sellado, a la llamada que se quedó en espera, al mensaje enviado, leído y no respondido. Al frecuente: "esta semana sí te agendo, sí te veo, sí te ayudo, prometido". Y el encuentro termina en un desencanto más para mi lista de acuerdos rotos.
Me siento fatal cuando no puedo cumplir lo que prometo. Cuando mis propios exabruptos me hacen presa de mi misma. Cuando un olvido o un descuido me hacen fallar a mi palabra. 
A pesar de eso, me considero una mujer de palabra pues creo firmemente que es lo único que tenemos. Llevo mis palabras a la acción. No siempre, eso es verdad, no siempre hago todo lo que digo, y qué bueno, porque sino ya habría cometido más de una idiotez.
¿Sabes...? Creo por eso me siento dolida, porque finalmente a quien le he fallado repetidamente, es a la mujer que veo en el espejo cada mañana. Esa mirada que me recuerda: "tú puedes". Esa nariz que me dice: "cree en tu intuición". Ese entrecejo que me demanda que no lo frunza tanto. Esos oídos que me obligan a escuchar el doble y esa boca que me pide prudencia. A esa mujer de rizos alborotados y constantes desasosiegos, a ella le fallé. Y aunque inútilmente quiera prometerle una vez más que no volverá a suceder, se que bastará mi poca credulidad para volver a caer ante las constantes falsas promesas.
Y si bien me he equivocado, tengo la certeza de que de todas las promesas hechas, la única que no romperé es esa que dice: Te amo.




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